jueves, 16 de septiembre de 2010

He llegado!

Tras meses de incertidumbre y de tener más destinos que los concursantes de Pekín Express: ya estoy de erasmus.

Ha sido un largo recorrido de e-mails, esperar contestaciones de e-mails, reprimendas por no enviar más e-mails o incluso reprimendas vía e-mail. Al final llegó el día en el que había que subirse a un avión rumbo a Bélgica.

Mi viaje empezó con una hora de retraso (maldita huelga francesa!), así que fui deambulando por la zona de embarque. Todo parecía normal hasta que obersevé una cara conocida, era: Juanjo, a.k.a Julian López, a.k.a el tío ese que vivía en Universidad del Mar en primero y Manu siempre estaba tentado de pedirle un autógrafo. No me reconoció, normal en alguien con el que nunca he hablado ni saludado, pero fue reconfortante verlo, le debe ir bien en la vida porque iba a coger un avión para Mogambo o Bérgamo.

Ya en el avión todo se volvió más extraño aún. Nada más sentarme me preguntaron que si era de Chile, que por mi acento parecía (reconozco que no tengo la mejor pronunciación de Valencia, de hecho cuesta un poco entenderme, ¿pero de Chile?). A mitad vuelo un chico me pidió que le cambiase el asiento, porque se iba a poner con el ordenador y era más cómodo estar en el pasillo. Accedí de buena gana, no sé si fue por amabilidad o por la navaja con la que me estaba amenzando.

Era un chaval muy curioso, me contó que trabajaba de relaciones públicas y cualquier referencia que hacía sobre una ciudad tenía relación con el mundo de la noche. Vió que estaba leyendo un libro sobre la Roja (gracias!) y nada más encender el ordenador me enseñó fotos que se había hecho con Villa y Cañizares en alguna discoteca. También me resumió su vida, que era de Lille y que iba una semana a visitar a su madre que aún vivía allí. De repente, cual escena de Manuel de Oliveira, la belga que estaba a mi lado abrió los ojos y se unió a la conversación.

Ella es de Bruselas y había estado un año de erasmus en Valencia y ahora estaba volviendo de pasar unos días de vacaciones allí. Me dijo que nunca había estado en Hasselt pero por lo que sabía era un pueblo pequeño. Describió Bélgica de la siguiente manera: un sitio gris donde no sale el Sol, la gente no es muy abierta ni sale de fiesta por la calle, llueve mucho y no hay cubatas (sólo cervezas, que tampoco está nada mal). Al final de la conversación nos dimos nuestros FriendFace para mantener el contacto.

Bajé del avión y me encontré con un aeropuerto diseñado por Ellen Page en un minuto sobre una libreta de papel. No había forma de llegar hasta mi maleta, tardamos 15 minutos en seguir el recorrido guiado del aeropuerto hasta la zona de equipajes. Con mis 30 kilos de peso cargados y mucha decisión, llegué hasta la estación de tren, compré un billete y un revisor con un inglés demasiado afrancesado me dijo que me subiese en el tren que iba a pasar y que tenía que bajar en la segunda estación.

Desde el aeropuerto hasta Hasselt había una hora de tren, pero en el que yo iba tardó diez minutos en llegar a la segunda estación. Me bajé y resulto ser una de las estaciones de Bruselas, ahí fue la primera vez que noté el frío belga y ya tuve que equiparme con una sudadera. Me subí en otro tren que iba hacía Hasselt, nada que ver con el Regional Express o los cercanias de Renfe. Era un tren de dos pisos, con sus mesas cada dos asientos y gente hablando en klingon, francés o flamenco.

Pasó la hora que había calculado y el tren se deutvo en Hasselt. Las primeras impresiones no fueron muy reconfortantes. Eran las siete de la tarde y hacía frío, estaba nublado y oscureciendo, ya no quedaba ningún comercio abierto ni había mucha gente en la calle. Le pedí un mapa a la chica de la estación y me marcó donde estaba la residencia, aunque es uno de los peores mapas que he visto porque no pone el nombre de las calles y a los que preguntaba no sabían indicarme donde nos encontrabamos (y eso que es un pueblo pequeño). Me puse a andar y a los 5 minutos ya me había pasado varias calles de donde tenía que hacer el giro, sigo andando un minuto más y me salgo del mapa.

Iba un poco perdido hasta que se acercó un hombre que no hablaba inglés y amablemente se puso las gafas y me indicó donde estábamos. Me guió hasta la comisaría y le preguntó al policia cómo podía llegar hasta la residencia. Pasaban las siete de la tarde y después de cruzar un solitario parking, llegué a las puertas de STUDHO. En la entrada me crucé con un malagueño que tenía agregado al FriendFace y estuvimos hablando un rato. Me registré en la residencia y la recepcionista me hizo una visita guiada, pero esa es otra historia que deberá ser contada en otro momento.

Continuará...

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